Esta localidad de la Alpujarra granadina mira cara a cara al Mulhacén, conjugando los vestigios de una civilización árabe con la hermosura de la naturaleza que lo rodea
A 1.476 metros sobre el nivel del mar se encuentran los habitantes de Trevélez, el municipio más alto de Andalucía y uno de los más altos de España. Situado en el Parque Nacional de Sierra Nevada, a escasos 50 kilómetros del Mulhacén, el pico más alto de la península Ibérica (3.478 metros), se halla este singular municipio cuyos orígenes no parecen estar nada claros. A pesar de ello, Trevélez es uno de los municipios alpujarreños de los cuales más historia se conoce, no obstante, el origen etimológico del que da nombre al pueblo no parece ayudar mucho, ya que hay disparidad en cuanto a su procedencia. Hay quien interpreta su nombre como Inter-valles (en latín ‘velex’, significa ‘valle’), por los dos ríos que circundan la población, el Chico y el Grande, lo que indicaría una presencia de origen romano anterior a la islamización de la comarca. O una procedencia del árabe, ‘belex’ que significa ‘barrio’: Trebelex, tres barrios, que es lo que realmente tiene, aunque la existencia de unos restos del siglo III apunta a un origen romano.
Con la llegada de los árabes se configura la arquitectura del pueblo tal y como se conoce hoy día: Calles de trazado escalonado, empinadas y estrechas (herencia árabe), pequeñas plazas y casas blancas rematadas en ‘terraos’ y azoteas de techo plano con chimeneas.
Con los Reyes Católicos, y la Guerra de Conquista del Reino de Granada (1482-1492), los ejércitos cristianos se adentraron en la Alpujarra, pero no llegaron hasta Trevélez. Con lo que la mayoría de la población seguía siendo musulmana y no fue hasta la Guerra de Rebelión de los Moriscos (1568-1572) cuando fueron expulsados a cargo del rey Felipe II.
En el siglo XVII, los nuevos habitantes, venidos de todas partes de la península, convivieron en el pueblo de forma pacífica y aislada hasta que en el siglo XVIII empiezan a aparecer viajeros y exploradores en Sierra Nevada, los cuales situaban a Trevélez como punto de partida de sus viajes. Pero no fue hasta el XIX cuando los viajeros, especialmente los ingleses, otorgaron al municipio esa magia y ese aire idílico que lo envuelve en cada visita.
Los jamones de Trevélez son parte de la cultura que uno espera saborear cuando visita este emblemático municipio. Hace más de 200 años que los expertos jamoneros transmiten de generación en generación los conocimientos y procedimientos artesanales de selección, salado y curación de jamones, que están amparados por una denominación de origen.
Saludable y de calidad
Un largo proceso de maduración natural, curado sin sales nitrificantes ni otros aditivos como colorantes o conservantes, sólo sal marina y una justa medida de grasa, que hacen de este producto un manjar mediterráneo, saludable y de gran calidad.
En su proceso de salazón, el jamón de Trevélez se convierte en uno de los jamones con menos grado de sal utilizado para su curación, por lo que tiene un bajo contenido en sal (por debajo del 5%). El proceso de curación está sujeto al tamaño y peso de la pieza y, generalmente, los jamones autóctonos presentan tres curaciones, que dependen del tiempo que han sido dejados a secar. Los hay de más de 14 meses, más de 17 meses y más de 20 meses.
Durante el proceso de curación, los jamones permanecen colgados en los secaderos bajo condiciones naturales de temperatura y humedad y deberán haber mermado a lo largo de todo el proceso un mínimo del 35 por ciento de su peso.
Trevélez celebra numerosas fiestas a lo largo de todo el año de muy diversa índole. Las más importantes son las Fiestas Patronales de San Antonio, patrón de Trevélez desde los años cuarenta. Originariamente el patrón del municipio era San Benito, pero durante el transcurso de la Guerra Civil (1936-1939), la imagen fue escondida para que el bando republicano no la destruyera y las dos únicas personas que conocían su paradero murieron de forma repentina.
Las fiestas se celebran el 13 y 14 de junio e incluyen una popular representación de Moros y Cristianos, una especie de comedia medieval que gira en torno a la expulsión de los moriscos y el espíritu de la contrarreforma de la Iglesia católica. Representaciones que ya se utilizaban en los siglos XVI y XVII para conmemorar la victoria del cristianismo sobre los infieles.
Fuente DiarioSur













